Realmente pensé que después de haber visto el final de La Gata, del que me despaché a gusto en un post anterior, y al que califiqué como infumable, me sería muy difícil criticar a La Malquerida, y, nuevamente, me equivoqué. Digo nuevamente, no porque me equivoque con una asiduidad pasmosa, sino porque todos cometemos errores, nos equivocamos en nuestros juicios, fallamos en nuestras taxativas afirmaciones, y a mi en lo personal, no me importa reconocer que fallo, que me equivoco, incluso en algo tan nimio como aseverar que seré incapaz de criticar nuevamente a La Malquerida.
Si hay algo que tengo claro es que, a mayores expectativas, mayor es el desencanto, obviamente, cuando esas expectativas no se cumplen. Cuando uno espera mucho de algo o de alguien, es más fácil que te decepcionen, y eso pasa con absolutamente todo en la vida, trabajo, amigos, relaciones de pareja, o algo tan nimio como una telenovela.
No quiero repetirme más que el ajo, de verdad que no, pero me es totalmente inevitable. Tengo la sensación de que me vendieron un Porsche que acabó siendo un Seat Panda, y lo peor, un Seat Panda al que le falta el motor. ¿Y cómo conduce una un coche sin motor? Pues me da a mí que con una dificultad pasmosa. ¿Y cómo reconduce uno una historia que ha estropeado hasta límites insospechados? Con la misma dificultad, esto es, es casi imposible.
Ya no es sólo que la adaptación haya coleado por todos lados, ya no es sólo que haya personajes que no han estado bien definidos, ya no es sólo que los protagonistas hayan brillado por su ausencia, ya no es sólo que las tramas secundarias hayan tenido más peso que la principal, ya es que se están cargando la esencia de la historia.
Es difícil tratar el tema del marido enamorado de la hija de su mujer, es difícil plasmar la angustia de una hija que se enamora del marido de su madre, hasta ahí llego, pero, ¿era necesario convertir a Esteban en algo así como un demente? ¿Era necesario convertir a dos personajes secundarios en los héroes salvadores de la humanidad? ¿Era necesario? Y aún me aventuro más, ¿era necesario vender a los espectadores una historia que realmente no se iba a dar? O peor aún, ¿era necesario seguir alimentando dicha idea? Yo creo que no. ¿Cómo es posible que les haya costado tanto tratar el amor, relación, o como cada quién lo quiera llamar, de Esteban y Acacia, pero no hayan tenido reparo alguno en tratar todo lo relacionado con Danilo? Tal parece que todo lo vinculado a este personaje, trata de blancas, proxenetismo, secuestro, maltrato, son temas anodinos, y que el hecho de que Esteban y Acacia se enamoren es algo así como el Apocalipsis.
Yo no sé como terminarán ésto, yo no sé como serán las últimas semanas de esta novela, yo sólo sé que éste está siendo mi mayor timo, y que cada cual lo interprete como quiera. ¿Y por qué sigo viendo La Malquerida? Ante tal pregunta, sólo puedo decir... Ay Meier, Meier.
Novelera desde que mi abuela me inició, con una de las tantas reposiciones de Cristal, cuando apenas era una niña.
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miércoles, 22 de octubre de 2014
Rumbo al final de La Malquerida
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viernes, 17 de octubre de 2014
Hablando de... Fabián Robles
No imagino a La Malquerida sin el Rubio, pero, más aún, no imagino a otro Rubio, no creo que nadie hubiese podido hacer de este personaje un indispensable, como ha hecho Fabián Robles. Porque conseguir que un personaje como éste, secundario, con malicia, se convierta en una pieza fundamental, para quien ve la novela, sólo tiene un nombre, y ese nombre es Fabián Robles.
Desde que empezó la novela, las caras, los gestos, las miradas, la postura, el palillo en la boca, la colocación de la mano en el machete, la interacción con todos los personajes de la novela, han sido tan bien plasmados, que conozco poca gente que no esté de acuerdo con este personaje. Creo, sinceramente, que tanto el Rubio como Luisa han sido los únicos personajes bien definidos, bien tratados, bien cuidados dentro de la trama, habiéndoles dado el peso necesario, nunca superior, como en otros casos. Las escenas entre el Rubio y su patrón, Esteban, haciendo aquél de alcahuete de éste, me han parecido de lo mejor de la novela. Y no hablemos de ese gran vocablo, la querencia, vocablo que tengo toda la intención de añadir a mi argot, y que ha sido explotado hasta la saciedad ¡pero cómo no hacerlo! Esa forma de solapar a su patrón, pero a la vez de hacer que te preguntes, en qué momento y cómo usará toda la información que posee, ha sido posible gracias a una cara, un gesto, una mirada de Fabián.
Si me pongo a pensar en los ya pasados noventa y tantos capítulos, no recuerdo una escena con el Rubio que haya resultado pesada, molesta, incomoda, carente de sentido. No ha habido un sólo momento en el que me haya quejado por una escena de él, que me haya causado aburrimiento, hastío, pereza, cansancio. Vale sí, me he acordado alguna vez del tío que le pone el tinte, pero eso ha sido, únicamente, porque en la trama se entrometía por demás en el lento desarrollo de la querencia.
Por otro lado, si hay algo que le aplaudo a Fabián Robles, ha sido la brillantez con la que ha dotado a su personaje de la sensibilidad, la tristeza, la ternura necesaria, especialmente hago alusión a ese momento en la cocina con Luisa, cuando le cuenta a ésta que su primo Memo (el muchacho con los ojos más bonitos que creo jamás haber visto) ha muerto, tal y como él mismo cree. Ver a ese Rubio con los ojos empañados en lágrimas, con la voz entrecortada, diciendo que era la única familia que le quedaba, a mi, personalmente, me emocionó, y no hay cosa que más me guste que me emocionen. En definitiva, no puedo, no encuentro, queja alguna ni al personaje (lo que es nuevo para mí en este análisis tan exhaustivo que vengo haciendo de La Malquerida), ni muchísimo menos a la actuación de Fabián Robles, que, entiendo, está siendo de quitarse el sombrero.
No he seguido la trayectoria de Fabián, no conozco sus anteriores papeles, pero cuando una no se acuerda será por algo. Aunque, si hay algo de lo que estoy plenamente convencida, o por lo menos lo creo fervientemente, es que, para Fabián Robles, esta telenovela será el punto de inflexión en su carrera, y espero con ganas que le den, en breve, un buen papel de villano protagónico, de esos villanos que te erizan la piel, porque de que lo bordará, lo bordará.
Desde que empezó la novela, las caras, los gestos, las miradas, la postura, el palillo en la boca, la colocación de la mano en el machete, la interacción con todos los personajes de la novela, han sido tan bien plasmados, que conozco poca gente que no esté de acuerdo con este personaje. Creo, sinceramente, que tanto el Rubio como Luisa han sido los únicos personajes bien definidos, bien tratados, bien cuidados dentro de la trama, habiéndoles dado el peso necesario, nunca superior, como en otros casos. Las escenas entre el Rubio y su patrón, Esteban, haciendo aquél de alcahuete de éste, me han parecido de lo mejor de la novela. Y no hablemos de ese gran vocablo, la querencia, vocablo que tengo toda la intención de añadir a mi argot, y que ha sido explotado hasta la saciedad ¡pero cómo no hacerlo! Esa forma de solapar a su patrón, pero a la vez de hacer que te preguntes, en qué momento y cómo usará toda la información que posee, ha sido posible gracias a una cara, un gesto, una mirada de Fabián.
Si me pongo a pensar en los ya pasados noventa y tantos capítulos, no recuerdo una escena con el Rubio que haya resultado pesada, molesta, incomoda, carente de sentido. No ha habido un sólo momento en el que me haya quejado por una escena de él, que me haya causado aburrimiento, hastío, pereza, cansancio. Vale sí, me he acordado alguna vez del tío que le pone el tinte, pero eso ha sido, únicamente, porque en la trama se entrometía por demás en el lento desarrollo de la querencia.
Por otro lado, si hay algo que le aplaudo a Fabián Robles, ha sido la brillantez con la que ha dotado a su personaje de la sensibilidad, la tristeza, la ternura necesaria, especialmente hago alusión a ese momento en la cocina con Luisa, cuando le cuenta a ésta que su primo Memo (el muchacho con los ojos más bonitos que creo jamás haber visto) ha muerto, tal y como él mismo cree. Ver a ese Rubio con los ojos empañados en lágrimas, con la voz entrecortada, diciendo que era la única familia que le quedaba, a mi, personalmente, me emocionó, y no hay cosa que más me guste que me emocionen. En definitiva, no puedo, no encuentro, queja alguna ni al personaje (lo que es nuevo para mí en este análisis tan exhaustivo que vengo haciendo de La Malquerida), ni muchísimo menos a la actuación de Fabián Robles, que, entiendo, está siendo de quitarse el sombrero.
No he seguido la trayectoria de Fabián, no conozco sus anteriores papeles, pero cuando una no se acuerda será por algo. Aunque, si hay algo de lo que estoy plenamente convencida, o por lo menos lo creo fervientemente, es que, para Fabián Robles, esta telenovela será el punto de inflexión en su carrera, y espero con ganas que le den, en breve, un buen papel de villano protagónico, de esos villanos que te erizan la piel, porque de que lo bordará, lo bordará.
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