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miércoles, 25 de marzo de 2015

Opinando sobre... Los Miserables. El final.

Me desapegué de esta historia allá por el capítulo cuarenta y tantos, y no tengo muy claro por qué. De verla todos los días pasé a verla esporádicamente, y tal vez fue porque al esperar tanto, tanto, me vi un poco decepcionada. Los Miserables prometía ser una La Patrona 2 pero con todos los cambios y matices necesarios para diferenciarlas totalmente. Puede que por no tener una villanaza como Christian Bach o no tener un protagónico como Jorge Luis Pila, cuya química con Aracely Arámbula era innegable; puede que por centrarse excesivamente en la historia de los villanos, sin darles los matices necesarios para aguantar tanto peso dentro de la trama; puede que por desdibujar y dar mínimas pinceladas de la historia de amor entre Lucía y Daniel (que fue un visto y no visto, y un vuelto a ver y no ver), puede que... Pues eso, que puede que hayan sido muchos los factores, o uno en particular, los que me hicieran desligarme de esta telenovela; pero, una vez terminada la maravilla de Yo No Creo en los Hombres, o la cumplidora Mi Corazón es Tuyo, y vista la barra de telenovelas que viene ofreciendo Televisa, retome Los Miserables y obviamente he visto su último capítulo, su guinda del pastel.

Paso, como es una mini costumbre en mí, a desmenuzar y comentar ese capítulo final, y debo empezar por hacer una pregunta: ¿se puede ser más incompetente que Daniel Ponce? El tal Pajarito le da un supuesto soplo, del que Daniel desconfía desde el minuto uno, pero aún así prepara un operativo, y cuando llegan al lugar dónde supuestamente está la droga, nuevamente aquello le huele raro y, nuevamente, desconfía de la veracidad del soplo, y aún así entra. ¿Hola? ¿No era más lógico pedir refuerzos antes de entrar? Incluso, ¿no era más lógico acudir con un mayor número de policías? ¿Dos coches para un cargamento que cuesta millones y millones de dolares? ¿En serio? Yo he llegado a ver cuatro coches de policía y un furgón con equipo de asalto para una mini redada en un pisito en el que se vendía droga. Así que, con manzanitas por favor, ¿quién enseñó a Danielito a montar un operativo? Ah, y otra cosa, disparan como locos a los tres malos que andan quietos cual estatuas, no les roza ni una bala, uno de los trabajadores del cartel corre cual gacela y le dan en movimiento, aha, sí, venga, vale.

Otra cosa sobre el operativo (que sumando sumando se lleva casi todo el capítulo), dejar atrás a tus supuestos tres mejores hombres pues mucho sentido no tiene Daniel, por muy ocupados que estén en otros menesteres. Y qué decir de ese me-entrego-para-salvar-a-mis-hombres-aunque-en-realidad-sé-que-os-los-vais-a-cargar, o ese Diablo que le trae ganas a Daniel tiempo ha y sin embargo le dice a Genaro que haga lo que quiera con él, incongruente. Eso sí, aprovecho para aplaudir a Gabriel Porras que ha sido, para mí, y sin duda alguna, lo mejor de esta novela de principio a fin.

Ahora, ese mini enfrentamiento entre Lucha y la prostituta, o entre Lucha y la Gata (interesante como agarra ésta la llave con la que supuestamente le están cortando el aire, porque así se ahoga uno, sí, obvio) muy adecuado para comprobar que Lucha no es monocromática en sus expresiones, emociones y actuaciones, vamos, que tiene un poco de mala leche propia de quién ha estado más de once años en prisión. Hablando de la prostituta, la muchacha debe hacer magia, porque a Octavio en dos días lo traía loco loco loco... Volviendo a Lucia y su por-fin-saco-carácter-carajo, se presenta con Octavio en la AFIAD, y llegan los dos con una calma que ya la quisiera yo cuando me quiero poner un café y se me ha acabado la leche de coco, que me pongo más histérica que estos dos hablando de la trampa para con la figura paterna y el amado respectivamente. Sin olvidar que se van los dos solitos, así en modo excursión, a averiguar.

Un pequeño apunte. A Arámbula le cambian la ropa y el pelo en tres ocasiones en los primeros quince minutos del capítulo, cuando se entiende que están en el mismo día y con pocas horas de diferencia: cuando está en el hospital con el médico hospitalizado y que se niega a comer, uno; cuando está hablando con su hermana sobre la "novia" de Octavio, dos; cuando va a enfrentarse a la susodicha, tres. Lo de la continuidad nos la saltamos ya si eso.

Me chifló Liliana haciéndole fotitos a Daniel para torturar psicológicamente a Lucia, pero ¿el móvil no se lo había cogido la propia Liliana a Daniel del bolsillo de sus pantalones?  ¿Qué hizo Liliana con las fotos, mandárselas por Bluetooth? ¿Y cómo es que Lucía tenía el número de Liliana, qué llevaba con el mismo número desde el capítulo uno cuando el resto se lo había cambiado veinte veces, o le mando un SMS a su hermana-odiada informándole del nuevo para así mantener el contacto entre ellas? ¡Qué bonita familia! Y sí Diablo, así se rastrea, pero tú tranquilo que son todos una panda de ineptos.

Eso de Lucía yendo sola a rescatar a Daniel, ella sola contra los jefes sanguinarios de un cartel, una lógica aplastante, y muy familiar por cierto, que no se lo traga ni el apuntador, porque no hay que ser tonta, hay que tener un retardo mental de aquí a Sebastopol. Eso sí, luego se libra de dos sicarios que anteriormente habían asesinado a todos los policías, no era Lucía, era Súper Lucha. Eché de menos a Christian Bach, porque la pelea Lucía y Liliana no le llegaba ni a los zapatos a la pelea entre Gabriela y Antonia, no hay color, y creo que las botas que llevaba Arámbula venían recicladas de La Patrona.

Genial eso de matarse entre los malos, aunque si hubiesen tenido mejor dirección de escena se habría disfrutado más. La escena Liliana-Genaro de una tristeza y cutrez paupérrima. Pero, nuevamente, necesito manzanas para entender por qué necesitaban llevarse a Nuria a interrogar, ¿qué no les había dicho dónde se encontraban los malos a Lucía y Octavio? ¿o es que Lucha anda con súper oído para escuchar las conversaciones telefónicas sin necesidad de pegarse al teléfono del que emanan?

Normalmente una se pregunta en un capítulo final, por qué a las villanas se les va siempre la pinza en el último momento, si no se les puede ir paulatinamente o algo así, pero este no ha sido el caso. Si algo ha tenido una lógica aplastante ha sido Liliana yéndose poquito a poco a dónde la cordura pierde su nombre, así que el final que propicia ella, tanto para el Diablo como para si misma, estuvo más que perfecto. Lo mejor del capítulo final.

En cuanto a los últimos momentos del capítulo (y de la novela), de primeras, el momento de Lucia levantándose de la cama y voy a darle un beso a mi Daniel amado, se lo comieron con papas; el homenaje a los policías muertos fue de una tristeza, casi casi como los TVyNovelas 2015, si casi hubiese tenido más repercusión subiendo el vídeo a Youtube. En general, a favor de Adriana y Abel y su relación de amistad, y laboral; a favor de las dos prostitutas en la cárcel; a favor de Helena y Pablo; a favor de Deyanira y Carlos; y a favor, al 200%, de Abel y Gonzalo, porque la homosexualidad no es algo raro sino sólo una orientación sexual. Eso sí, los besitos y las muestras de cariño deberían estar más presentes. Aunque, como no, teníamos que terminar la novela con una boda, se agradece que el vestido de novia haya sido el adecuado y no un muestrario. (Ejem)

En definitiva, terminé esta novela con buen sabor de boca, y le doy su aprobado; si bien cuando la empecé pensé que hoy le estaría dando su sobresaliente.


lunes, 24 de noviembre de 2014

¿Por qué tienen más éxito los refritos?

En estos días, desde que terminó La Malquerida, y especialmente desde que terminé mi propia versión 2.0, quise buscar una nueva novela que destripar, lo de disfrutar, sólo lo se una vez empezada. Pero antes de poder elegir, me topé con una noticia que me desconcertó, y que me hizo plantearme por qué tienen más éxito los refritos o las nuevas versiones que las novelas originales. La noticia en cuestión trataba sobre el cambio de horario que van a sufrir Los Miserables, la novela de Arámbula en Telemundo, por Tierra de Reyes, el nuevo refrito que la cadena está preparando de Pasión de Gavilanes. Por otra parte, también vi los buenos datos que ha venido teniendo desde su estreno La Sombra del Pasado, refrito de la inolvidable El Manantial, y aún me cuestioné más el por qué del sí a los refritos y el no a las originales.

Lo cierto es que de estos dos refritos que he mencionado, sus historias originales me emocionaron. Recuerdo tanto Pasión de Gavilanes como El Manantial, recuerdo a los actores, y por supuesto, recuerdo la historia. Habiendo ya visto las originales, catalogando ambas como buenas novelas, aún me cuesta más entender cómo es posible que sus refritos sean, por un lado una apuesta de Telemundo para el horario estelar, y por el otro la responsable de superar los puntos de rating que dejó La Malquerida. ¿Será que los espectadores no quieren originales? ¿Será que los espectadores prefieren ver una nueva versión de una historia que ya conocen? Y esto último, siempre y cuando se trate de una nueva versión, porque normalmente los cambios introducidos en la trama son mínimos. ¿O será que quieren ver una novela que en su momento disfrutaron pero con rostros y escenarios nuevos?

Empezar una novela de cero tiene sus riesgos, y yo por lo menos, como novelera, los asumo. Te arriesgas a que la trama de un giro inesperado que no te gusta, que los personajes tengan vivencias o actuaciones con las que no estás de acuerdo, y que la historia te mantenga en vilo, pensando en que sucederá después. ¿Pero no es esa la magia y la gracia de todo ésto? Aunque, no nos engañemos, es muy difícil que una novela te sorprenda en el final, las parejas protagonistas siempre quedan juntas (¡cómo me gustaría que por una vez no fuese así!), los villanos siempre pagan sus fechorías (¡cómo me gustaría un poco de realismo alguna vez!), quien se ha comportado mal pero sin ser villano se arrepiente (¡cómo quisiera ver que alguien simplemente asume las consecuencias sin flagelarse!). Por lo tanto, y dicho todo ésto, ¿no sería más lógico que se disfrutase más de una historia original de principio a fin y no de un refrito?

En este punto debo aclarar que yo tengo una rareza ciertamente particular con los libros. Cuando elijo un libro nuevo siempre, siempre, leo el primer y el último párrafo del mismo, y si con la lectura de estos dos párrafos el escritor no ha conseguido despertar a mi imaginación, no pierdo el tiempo en leérmelo. Es una rareza, lo sé, pero tiene mucho que ver con la forma en la que yo disfruto, imagino, y vivo un libro. Yo no leo un libro durante dos meses, yo me encierro un fin de semana para devorarlo, o estoy un par de semanas sin hacer otra cosa en mi tiempo libre que no sea leer. Pero esa soy yo. La misma que cuando escoge una telenovela la escoge por un todo, la escoge porque la han enganchado. Y es así, me engancho de la historia, me engancho con el elenco, y sobre todo me engancho una vez veo el trailer. No me engancho con una historia que ya he visto o que puedo ver si así lo quiero, así es el mundo de internet, no me engancho de lo que ya conozco, me engancho de lo nuevo. Me quejé muchísimo de La Malquerida, prueba de ello son todos los post que a la misma dediqué, pero aún así seguí pegada día a día, capítulo a capítulo, y eso no hubiese pasado si hubiese sido un refrito. ¿Por qué para que perder el tiempo con algo que ya sabía como acabaría? ¿Por qué esperar que la historia diese ese vuelco tan esperado? ¿Para qué si ya se había hecho antes?

Tal vez soy una novelera rara, no sólo una lectora rara, e igual que necesito leer el primer y el último párrafo de un libro para decidirme por él o no, igualmente necesito que me den la magia de no saber que pasará en los ciento y pico capítulos que dura una telenovela. Si es así, si soy una novelera rara, he de reconocer que, me gusta ser una novelera rara.

lunes, 6 de octubre de 2014

Opinando sobre... Los Miserables

Mis expectativas con Los Miserables eran exageradas. Había disfrutado tantísimo de La Patrona, que veía imposible que una nueva novela en una línea muy parecida, compartiendo misma actriz protagónica, me llenase lo suficiente como novelera... Pero, si La Patrona me encantó; Los Miserables me han enamorado. Los capítulos emitidos hasta ahora, apenas los primeros cuatro, me han bastado para que ya crea que va a ser una de las novelas del año, y una de mis novelas favoritas. Además, empezar la novela cómo la empezaron, ¡qué precioso guiño juntar a Lucho y a Gabriela! Ahora Pedro y Lucha.

Tanto La Patrona como Los Miserables son telenovelas cuyos libretos son adaptaciones de grandes obras de la literatura, que como historias clásicas han sido versionadas y llevadas en multitud de ocasiones al cine, el teatro, la televisión (incluyendo el género de la novela); pero estas dos novelas van más allá de la historia en la que se basan. Si bien la esencia está ahí, la imagen de la mujer fuerte, aguerrida, que ama y odia, lucha y sufre, hace que estás historias vallan más allá. O por lo menos así me lo pareció desde que vi los primeros capítulos de ambas telenovelas. Y ya estoy deseando ver a esa Lucha Durán enamorada del comandante Daniel Ponce, teniendo que luchar, no sólo por demostrar su inocencia, sino contra su propio corazón, sus propios sentimientos, y sé que lo disfrutaré enormemente. Igual que disfruté viendo como Gabriela Suárez, una vez convertida en Verónica Dantes, luchaba contra ella misma, al negarse que amaba a Alejandro Beltrán. Ver al personaje de Aracely Arámbula mostrar la más absoluta frialdad, mezclada con una maravillosa coquetería, ante el personaje de Jorge Luis Pila, para segundos después de que él saliese de escena, derrumbarse en el sillón con las lágrimas cayendo por sus mejillas, era impagable. Y sé que como éstos, me esperan nuevamente momentos impagables.

Hablando de Aracely Arámbula, desde que aterrizó en Telemundo me sorprendió su actitud respecto a su imagen. Y me explico. Que una actriz de novelas como Aracely Arámbula, que es considerada una mujer sexy, atractiva, que tiene una imagen de cara al espectador muy femenina y que además gusta mucho; no tenga problemas en aparecer en pantalla con ese cuidado maquillaje de cara lavada, que cambie de imagen como en el inicio de La Patrona, con aquel pelo castaño, sencillo y sin gracia, para después salir completamente demacrada una vez encerrada en el manicomio, que ahora la veamos en Los Miserables vestir con ropas que no la favorecen especialmente, o con un uniforme con el que está sosa a rabiar; y que encima haga uso de esas imágenes compartiéndolas en las redes sociales; no sólo me ha sorprendido gratamente, sino que ha hecho que como actriz me gusté mucho más de lo que me podía venir gustando anteriormente.

Creo que Aracely Arámbula es otra desde que aterrizó en Telemundo, es como si aquí hubiesen sido capaces de sacar o permitir una parte de ella como actriz que hasta ese momento se hallaba escondida. Es más, pensaba que después de Gabriela Suárez me sería imposible enamorarme de Lucha Durán, pensaba que Aracely Arámbula no sería capaz de despegarse de Gabriela, y que parte de su esencia se la imprimiría a Lucha, pero me equivoqué. Cuando veo a Lucha, veo a Lucha; porque Arámbula ha conseguido que olvide a Gabriela y me enamore de Lucha.

En cuanto a lo que a la historia en sí se refiere, no creo que se le pueda pedir más. Hasta las historias secundarias a la trama principal son necesarias, acordes en tiempos, perfectamente introducidas, narradas, tratadas. Aunque habrá que esperar a que la historia se vaya desarrollando, y los capítulos se vayan sucediendo, si que es cierto que desde el minuto uno en el que comencé con esta novela de Valentina Párraga caía rendida a sus pies. Y eso es tan difícil, que no puedo otra cosa que alegrarme enormemente por esta humilde novelera.