sábado, 29 de noviembre de 2014

El amor, el destino, el hilo rojo...

Ella sabía que no le debía amar, que hay amores que no deben ser, que hay amores que no se deben buscar, que hay amores que no se deben alimentar. Pero aquél amor era un amor necesario, para ella era igual que el respirar, sin aquél amor no podía vivir, aunque sabía que por aquél amor podría morir, morir de tristeza, morir de soledad, morir de angustia, morir de pena.

Él sabía que no la debía amar, que cuando no se ama bien, cuando el amor no es puro, limpio, no puede continuar. Pero ella era su luz, era su motor, era la razón de su existir, pensar en no tenerla era el mayor de los sufrimientos, era la mayor de las penas, era un puñal que no se podía arrancar.

Ambos sabían que las historias de amor no son como los libros, que Romeo y Julieta no era una historia romántica, sino una tragedia, ¡pero qué tragedia más romántica!, que tanto Romeo como Julieta apenas eran unos adolescentes, ¡pero qué afortunados de conocer el amor tan pronto!, que la vida no duraba unas páginas, unas horas. Pero el destino es cruel, o simplemente un jugador empedernido, porque sus ojos se cruzaron, sus almas se encontraron, sus corazones se amaron.

Dicen por ahí que todos venimos con un hilo rojo atado a la muñeca o a uno de nuestros dedos, y que al otro extremo de ese hilo está otra persona con la que irremediablemente nos cruzaremos en algún momento de nuestras vidas. Y así eran ellos, dos personas destinadas a encontrarse, sin importar el tiempo que transcurriera o las circunstancias de la vida, sin importar si debían amarse o no. Sólo aceptaron su destino, sólo aceptaron su amor, sólo aceptaron el hilo que los unía.

Y tal vez ese sea el verdadero amor, el que te mueve por caminos jamás imaginables, el que te da momentos jamás soñados, el que es física, química, espíritu; razón, locura, equilibrio; paz, tempestad, calma; deseo, pasión, ternura. El amor que te lleva sin remedio a encontrar a quién está al otro lado de tu hilo rojo.

lunes, 24 de noviembre de 2014

¿Por qué tienen más éxito los refritos?

En estos días, desde que terminó La Malquerida, y especialmente desde que terminé mi propia versión 2.0, quise buscar una nueva novela que destripar, lo de disfrutar, sólo lo se una vez empezada. Pero antes de poder elegir, me topé con una noticia que me desconcertó, y que me hizo plantearme por qué tienen más éxito los refritos o las nuevas versiones que las novelas originales. La noticia en cuestión trataba sobre el cambio de horario que van a sufrir Los Miserables, la novela de Arámbula en Telemundo, por Tierra de Reyes, el nuevo refrito que la cadena está preparando de Pasión de Gavilanes. Por otra parte, también vi los buenos datos que ha venido teniendo desde su estreno La Sombra del Pasado, refrito de la inolvidable El Manantial, y aún me cuestioné más el por qué del sí a los refritos y el no a las originales.

Lo cierto es que de estos dos refritos que he mencionado, sus historias originales me emocionaron. Recuerdo tanto Pasión de Gavilanes como El Manantial, recuerdo a los actores, y por supuesto, recuerdo la historia. Habiendo ya visto las originales, catalogando ambas como buenas novelas, aún me cuesta más entender cómo es posible que sus refritos sean, por un lado una apuesta de Telemundo para el horario estelar, y por el otro la responsable de superar los puntos de rating que dejó La Malquerida. ¿Será que los espectadores no quieren originales? ¿Será que los espectadores prefieren ver una nueva versión de una historia que ya conocen? Y esto último, siempre y cuando se trate de una nueva versión, porque normalmente los cambios introducidos en la trama son mínimos. ¿O será que quieren ver una novela que en su momento disfrutaron pero con rostros y escenarios nuevos?

Empezar una novela de cero tiene sus riesgos, y yo por lo menos, como novelera, los asumo. Te arriesgas a que la trama de un giro inesperado que no te gusta, que los personajes tengan vivencias o actuaciones con las que no estás de acuerdo, y que la historia te mantenga en vilo, pensando en que sucederá después. ¿Pero no es esa la magia y la gracia de todo ésto? Aunque, no nos engañemos, es muy difícil que una novela te sorprenda en el final, las parejas protagonistas siempre quedan juntas (¡cómo me gustaría que por una vez no fuese así!), los villanos siempre pagan sus fechorías (¡cómo me gustaría un poco de realismo alguna vez!), quien se ha comportado mal pero sin ser villano se arrepiente (¡cómo quisiera ver que alguien simplemente asume las consecuencias sin flagelarse!). Por lo tanto, y dicho todo ésto, ¿no sería más lógico que se disfrutase más de una historia original de principio a fin y no de un refrito?

En este punto debo aclarar que yo tengo una rareza ciertamente particular con los libros. Cuando elijo un libro nuevo siempre, siempre, leo el primer y el último párrafo del mismo, y si con la lectura de estos dos párrafos el escritor no ha conseguido despertar a mi imaginación, no pierdo el tiempo en leérmelo. Es una rareza, lo sé, pero tiene mucho que ver con la forma en la que yo disfruto, imagino, y vivo un libro. Yo no leo un libro durante dos meses, yo me encierro un fin de semana para devorarlo, o estoy un par de semanas sin hacer otra cosa en mi tiempo libre que no sea leer. Pero esa soy yo. La misma que cuando escoge una telenovela la escoge por un todo, la escoge porque la han enganchado. Y es así, me engancho de la historia, me engancho con el elenco, y sobre todo me engancho una vez veo el trailer. No me engancho con una historia que ya he visto o que puedo ver si así lo quiero, así es el mundo de internet, no me engancho de lo que ya conozco, me engancho de lo nuevo. Me quejé muchísimo de La Malquerida, prueba de ello son todos los post que a la misma dediqué, pero aún así seguí pegada día a día, capítulo a capítulo, y eso no hubiese pasado si hubiese sido un refrito. ¿Por qué para que perder el tiempo con algo que ya sabía como acabaría? ¿Por qué esperar que la historia diese ese vuelco tan esperado? ¿Para qué si ya se había hecho antes?

Tal vez soy una novelera rara, no sólo una lectora rara, e igual que necesito leer el primer y el último párrafo de un libro para decidirme por él o no, igualmente necesito que me den la magia de no saber que pasará en los ciento y pico capítulos que dura una telenovela. Si es así, si soy una novelera rara, he de reconocer que, me gusta ser una novelera rara.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Capitulín Final. La Malquerida 2.0. La alternativa.

La policía acaba de llevarse a Esteban por el homicidio de Manuel, Acacia mira el portón, y a sus espaldas Cristina la mira a ella.


CRISTINA: ¿No pudiste ser sincera? ¿No pudiste verle como un padre? ¿No pudiste evitar que esto pasara? Si tan sólo le hubieras visto como un padre.

Acacia sigue sin darse la vuelta, mira al portón, suspira.

ACACIA: No mamá, no pude. Porque desde el primer día, porque desde siempre, le amé.

Acacia se da media vuelta y mira a su madre, se acerca a ella.

ACACIA: A pesar de todo, a pesar de todo el daño que te he hecho, a pesar del daño, consciente o inconsciente, que tú me hiciste a mí, nunca he dejado de quererte... Porque eres mi madre. (Suspira) Y por eso te perdono, y por eso espero que algún día tú puedas perdonarme a mí. Espero que algún día todo el odio que como mujer sientes por mí, todo el rencor, y tal vez el asco, que sientes por la mujer que se metió con tu marido, se desvanezca ante el amor de madre.

Acacia se dirige hacia la casa, se para apenas unos pocos pasos después, no se da la vuelta.

ACACIA: Cristina... Vas a ser abuela.

Acacia vuelve a emprender el camino hacia la casa, Cristina la mira, las lágrimas caen por sus mejillas.

CRISTINA: Ojalá puede llegar a perdonarte... Hija.


Cuatro años después.

Acacia está sentada en el prado, cerca de la casa, sobre una manta de cuadros, tiene las manos abrazando las rodillas. Un pequeño niño corre hacia ella, le da una dalhia, Acacia coge la flor, mira al niño, lo abraza, lo sienta entre las piernas.

ACACIA: Mi amor, ésta fue la flor que tu papá me regaló en nuestro primer paseo a caballo. (Besa al niño) Tengo tantas ganas de que te conozca.

El niño se levanta y sale a jugar otra vez.

ACACIA: Esteban, está tan grande, tan guapo. Se parece muchísimo a ti, tiene tus mismos gestos, tú misma sonrisa. (Una lágrima le resbala por la mejilla, se la aparta con el dedo índice) Si hubiésemos hecho las cosas bien, nuestro hijo habría crecido con su padre.

Acacia saca una carta de los vaqueros, la abre.

ACACIA: "Acacia, no vengas a verme, no me escribas. Si cuando salga de aquí no estás, lo entenderé. Te amo. Cuida a nuestro hijo."

Acacia cierra la carta, la aprieta contra su pecho, suspira, la guarda en los vaqueros, se pone de pie, coge la manta.

ACACIA: ¡Alonso! Vámonos mi amor. (El niño corre hacia ella) Ven mi amor, a la casa. 

Acacia coge al niño en brazos, le da un beso, y se dirigen hacia la casa.


Cristina está en el despacho, llaman a la puerta, entra Rosa.

ROSA: ¿Patrona?

Rosa mira asustada a Cristina.

CRISTINA: Dime Rosa, ¿ocurre algo?

ROSA: Pos que hay una visita en la sala señora Cristina... Pero, pos yo no sé si usted quiera.

Cristina se levanta de la silla.

CRISTINA: ¿Quién Rosa? ¿Quién está en la sala?

ROSA: Pos, Esteban, patrona.

Cristina mira asombrada a Rosa, sale apresurada del despacho. En el salón Esteban está de pie, de espaldas a la puerta del despacho.

CRISTINA: ¿Esteban?

Esteban se da la vuelta. Cristina corre hacia él y lo abraza.

CRISTINA: Esteban, volviste.

Esteban se aparta.

ESTEBAN: Cristina volví por... Volví por mi hijo. Y volví, volví por Acacia.

Cristina se acerca a él, lo abofetea.

CRISTINA: Nunca me quisiste, nunca me amaste.

ESTEBAN: Cristina, (le coge las manos con ternura) por supuesto que te quise, te quise muchísimo, te quiero muchísimo. Ni rencor, ni rabia siento por ti, por haberme acusado con la policía, porque lo merecía, era culpable.

CRISTINA: Entonces, si me quieres, si sí me quieres, ¿por qué me dices que vuelves por Acacia?

Esteban le suelta las manos a Cristina, se deja caer en el sofá.

ESTEBAN: Porque a ti te quiero Cristina, pero a ella la amo. Ni siquiera sé si...

Cristina le interrumpe.

CRISTINA: Acacia no está. Ya no vive en esta casa.

Esteban la mira.

ESTEBAN: No te creo.

CRISTINA: No está Esteban, márchate, no tienes nada que hacer aquí.

Esteban se levanta del sofá, empieza a deambular por la casa.

ESTEBAN: ¡Acacia! (Entra en las habitaciones) ¡Acacia!

CRISTINA: ¡Te he dicho que no está! ¡¡Vete de mi casa!!

ESTEBAN: No sin ver a mi hijo. ¡Acacia! (Sale al patio) ¡Acacia!

Acacia llega en ese momento al patio, ve a Esteban, se para en seco. Esteban la mira. El niño llega poco después, mira a Esteban extrañado y se para al lado de Acacia, se abraza a la pierna de ella, Acacia le acaricia la cara, abrazando el cuerpo del niño contra su pierna. Esteban se acerca a ellos, mira a Acacia y se agacha a la altura del niño.

ACACIA: Él es tu papa mi amor.

Esteban coge al niño en brazos, lo abraza, lo besa, las lágrimas caen por sus mejillas. Se pone en pie con el niño en un brazo y abraza a Acacia con el otro brazo.

ACACIA: Se llama Alonso.

Esteban mira al niño y luego mira Acacia.

ESTEBAN: El nombre de un buen hombre.

Cristina mira a los tres, abrazados, se da media vuelta y entra en la casa. Va a la cocina, Rosa está sentada a la mesa.

CRISTINA: Rosa, ayúdame con las maletas por favor.

ROSA: ¿Las maletas? ¿Pos a dónde se va señora?

CRISTINA: No sé Rosa... Puede que a Madrid. Sí, a Madrid. Ven, acompáñame a mi recámara.


Acacia y Esteban entran en el salón, Esteban lleva al niño en brazos. Cristina entra en el salón, seguida de Rosa y otro empleado.

CRISTINA: Rosa por favor, subid el resto del equipaje al coche.

ROSA: Sí patrona.

Acacia mira sorprendida a su madre.

ACACIA: ¿Equipaje?

Cristina se acerca a Esteban.

CRISTINA: ¿Me dejas a mi nieto?

Esteban le da al niño, Cristina le coge en brazos.

CRISTINA: La abuela te quiere Alonso, la abuela te quiere.

Cristina le da un beso al niño y se lo devuelve a Esteban sin mirarle, mira a Acacia.

CRISTINA: Acacia, acompáñame fuera. Por favor.

Cristina y Acacia se dirigen al patio, andan en silencio, la una al lado de la otra. Acacia agarra el brazo de su madre, la mira y sonríe. Llegan al patio y se paran cerca del coche de Cristina.

CRISTINA: Acacia, me voy. Me voy de la Benavente.

ACACIA: ¿Cómo que te vas mamá? ¿A dónde? ¿Cuánto tiempo?

CRISTINA: No lo sé Acacia, no sé cuánto tiempo. Sólo sé que me voy. Me voy a Madrid.

ACACIA: Pero, ¿por qué te vas mamá? ¿Por qué ahora?

CRISTINA: Me voy para que puedas ser feliz. Por eso me voy hija, para que tú puedas ser feliz.

ACACIA: Mamá, no te vayas. Por favor, no te vayas. ¿Cómo podría ser feliz sin ti, sin mi madre?

CRISTINA: Acacia, es lo mejor. Para ti, para mí, para nuestra relación madre-hija, para sanar las heridas que en todos estos años no hemos sido capaces de sanar.

ACACIA: Mamá, por favor.

Cristina se acerca a Acacia.

CRISTINA: Acacia, yo sé que como mujer perdí... (Hace una pausa mientras acaricia el rostro de Acacia y los ojos se le inundan de lágrimas) Pero como madre, como madre gané (sonríe) o por lo menos, no perdí.

Cristina se acerca a Acacia, la coge por los hombros, se separa de ella, la mira a los ojos, la abraza, se acerca a su oído.

CRISTINA: Se feliz hija (Le susurra, traga e inhala) Te quiero.

Acacia no dice nada, está inmóvil con las lágrimas recorriendo sus mejillas. Cristina se aleja de ella y se dirige al coche.

ACACIA: ¡Mamá! (Cristina se gira y mira a su hija a los ojos, con una tímida pero sincera sonrisa) Te quiero...

Esteban se acerca a ellas, de espaldas a Acacia, de frente a Cristina, que lo ve, lo mira y asiente ligeramente, no sonríe, no le dice nada. Cristina se sube a su coche, mira una última vez a su hija. Esteban ya está detrás de Acacia, a unos pasos de ella. El rostro de él impasible, el de ella inundado en lágrimas, lleno de dolor. El coche de Cristina se pone en marcha, bajo la atenta mirada de Esteban y Acacia, atraviesa el patio hasta el portón, lo cruza, gira el coche y se pierde en la carretera. Acacia se seca las lágrimas, se gira lentamente, y se queda a unos pasos de Esteban.

ESTEBAN: ¿Y ahora Acacia? Tú y yo...

ACACIA: No lo sé Esteban. No sé si es posible un tú y yo. Te amo, claro que te amo, pero... No sé si pueda olvidar lo que pasó. El dolor que le causamos a mi madre, el que ella y yo no hayamos sido capaces de recuperarnos como madre e hija, la muerte de Manuel, mis dudas sobre las otras muertes, porque aunque me hayas jurado que tú no tuviste nada que ver, yo dudo Esteban. Y no sé si pueda olvidar o vivir con todo esto, o no sé si pueda olvidar o vivir con el dolor que nos causamos tú y yo. (Se seca las lágrimas) Pero tenemos un hijo, y jamás te lo negaré, jamás dejarás de ser su padre. Y ya...

ESTEBAN: Dejaremos que el tiempo hable.

ACACIA: Sí, dejaremos que el tiempo hable.

Acacia se dirige hacia la casa, Esteban la mira mientras se aleja, las lágrimas inundan sus ojos.

ESTEBAN: ¡Acacia!

Acacia se da la vuelta, le mira.

ESTEBAN: Te amo... (Le sonríe tímidamente) A veces, hacemos sufrir a quién más amamos...

Acacia le sonríe, se da media vuelta y entra en la casa. Esteban la mira, respira profundo y se dirige hacia el portón. Mira la casa, sonríe y sale mientras el cielo se va tiñendo de naranja. Atardece en la Benavente.


Final alternativo

El coche de Cristina se pone en marcha, bajo la atenta mirada de Esteban y Acacia, atraviesa el patio hasta el portón, lo cruza, gira el coche y se pierde en la carretera. Acacia se seca las lágrimas, se gira lentamente, y se acerca a Esteban, le acaricia suavemente el rostro con la mano, le da un tierno beso en los labios, le sonríe, se dirige a la casa. Esteban la mira, ella se da la vuelta, le dedica una amplia sonrisa y separa levemente la mano izquierda del cuerpo, levantándola hacia él. Acacia vuelve a retomar el camino hacia la casa. Esteban fija la vista en el portón de la hacienda, agacha la cabeza, la vuelve a levantar, respira profundo y sigue el camino andado por Acacia, hacia la casa, mientras el cielo se va tiñendo de naranja. Atardece en la Benavente.




Laura González López (2014. España)

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Capitulín 20. La Malquerida 2.0. La alternativa.

Cristina, Esteban y Acacia están en la recámara principal, Cristina acaba de pedirles a ambos que se llamen padre e hija mutuamente.

ACACIA: No... No puedo. (Mira a Cristina a los ojos) No puedo llamarle padre, no puedo mamá.

Cristina suelta a Acacia.

CRISTINA: ¿Por qué no?

ACACIA: Porque no le veo como un padre, nunca le vi como un padre... Yo... Yo... (Coge aire) Yo le veo como hombre.

CRISTINA: Pero qué dices Acacia, ¿cómo un hombre? ¿Ves a mi marido como hombre? ¿¿Ves al marido de tu madre como hombre??

Cristina se acerca a Acacia, la abofetea.

CRISTINA: ¿Qué ha pasado entre ustedes? ¿Qué ha pasado? (Coge a Acacia de los hombros, la zarandea, le da una bofetada) ¡La verdad! Maldita sea, ¡¡quiero la verdad!! (Se dirige a Esteban, le da una bofetada, dos, tres) ¿¿¿Qué ha pasado entre ustedes??? ¿Qué? ¿Qué? (Llora desconsolada) ¿Qué?

Esteban mira a Cristina a los ojos, agacha la cabeza.

ESTEBAN: Perdóname Cristina.

Cristina se deja caer en el borde de la cama, se cubre la cara con las manos.

CRISTINA: ¿Pero qué tengo que perdonar? Decidme la verdad. (Les mira, llora) Por favor, decidme la verdad.

Permanecen en silencio. Acacia llora, Esteban mira al suelo, Cristina se seca las lágrimas, se levanta de la cama, se dirige a la puerta, se gira, les mira, ninguno de los dos la mira, sale de la habitación. Acacia corre hacia Esteban, le abraza, él la aparta.

ACACIA: Esteban...

ESTEBAN: Tu madre me tiene que perdonar Acacia, y voy a hacer lo imposible por conseguir su perdón...

ACACIA: Pero tú me amas Esteban, me amas a mí.

ESTEBAN: Puede que yo te ame Acacia, pero a Cristina la quiero, la quiero muchísimo.

Acacia le mira sorprendida, con las lágrimas resbalando por sus mejillas.

ACACIA: ¿Y vas a cambiar el amor por el querer?

ESTEBAN: No Acacia, voy a cambiar el amor, el engaño, la culpa, el remordimiento, por hacer feliz a una mujer que siempre... Siempre... Siempre quiso estar a mi lado. (Esteban se deja caer en el borde la cama, Acacia le mira, él la mira a ella) O, ¿qué es lo que quieres? ¿Qué vayamos a buscarla, la mintamos y continuemos con lo que teníamos? ¿Con esa relación clandestina, a escondidas, sin verdades? ¿O quieres que deje a tu madre? (Suspira) Ahora, ahora mismo, ella te ha preguntado, y tú sólo has sido capaz de decirle que me ves como hombre, no la has enfrentado, ¿lo harías? ¿Te enfrentarías a ella, a la verdad, por ti, por mi? (Niega con la cabeza y se pone de pie) No Acacia, no lo harías. No creo que fueras capaz, creo que tú único interés es que mi relación con ella termine, y no entiendo que te motiva a ello, ¿venganza?, ¿rencor? (Se pasea por la habitación, se para en frente de Acacia) No lo sé, sólo se que no me has dicho una sola vez "te amo", sólo sé que jamás quisiste enfrentarte a tu madre, que ni siquiera ahora has sido capaz de contarle la verdad. (Se dirige hacia la puerta, se gira, mira a Acacia) ¿Y sabes qué es lo peor de todo esto? Que nada tiene sentido, porque si me amaras Acacia, lo tendría, todo lo que hemos hecho tendría sentido, y ahora no seríamos sólo dos infelices y desgraciados que han engañado a una mujer maravillosa, a su madre (señala a Acacia), a su mujer (se señala a sí mismo). Y en realidad, sólo somos eso Acacia, dos malditos desgraciados.

Esteban sale de la habitación, Acacia se derrumba, se sienta en el suelo y llora desconsolada.


Acacia da vueltas por el despacho, está amaneciendo en la Benavente. Cristina entra en el despacho, se para en seco en la puerta al ver a su hija. Sigue andando y deja algo encima de la mesa. Acacia mira a su madre.

ACACIA: Mamá, tenemos que hablar.

CRISTINA: No hija, no hay nada más de que hablar. Anoche quedó todo claro. Tú no has visto a Esteban como a un padre, él se confundió y mató a Manuel, movido por esa confusión. (Se apoya en el respaldo de esa silla) Y por esa confusión debe pagar.

ACACIA: ¿Qué quieres decir con que debe pagar? (Acacia mira asombrada a Cristina) ¿De dónde vienes mamá?

CRISTINA: De denunciar a Esteban ante las autoridades, para que pague por su confusión.

Acacia se lleva las manos a la cara.

ACACIA: Pero, ¿por qué? ¿Por qué hiciste eso mamá? ¿¿Por qué??

Acacia se arrodilla frente a su madre, la abraza la cintura.

ACACIA: No mamá, por favor, no envíes a Esteban a la cárcel... Fue un accidente. (Abraza más fuerte a Cristina) Perdóname mamá, perdóname, perdónale, perdónanos... ¡¡Perdónanos mamá!!

Cristina acaricia a Acacia.

CRISTINA: No tengo nada que perdonarte hija. No viste a Esteban como padre, y ya está, el único culpable es él.

Acacia levanta la vista, mira a Cristina.

ACACIA: No mamá, la única culpable de todo... Soy yo.

Cristina mira estupefacta a Acacia, quita las manos de Acacia de alrededor de su cintura y se dirige a la puerta. Acacia sigue de rodillas y mira a Cristina.

ACACIA: ¡Mamá! (Se pone de pie, Cristina se para) No es verdad, la única culpable de todo, eres tú. Tú, mamá... (Se seca las lágrimas) Por querer quedarte con un hombre que no te amaba. Un hombre que jamás te amó.

Cristina se da la vuelta, mira a Acacia, seria.

CRISTINA: Sí me ha amado Acacia, me lo ha demostrado.

Acacia se acerca a Cristina.

ACACIA: Puede que te haya querido, puede que te quiera, sí, yo sé que te quiere. Puede que esté agradecido contigo por haberle dado esto (levanta los brazos y mira alrededor), yo sé que lo está. Pero nadie mejor que tú (baja los brazos, se acerca más a Cristina) sabe que no te ama, que no muere por besarte, que no muere por tocarte, que no muere por hacerte suya...

Cristina le da una bofetada.

CRISTINA: ¿Qué sabrás tú lo que él ha sentido entre mis brazos? ¿Qué sabrás tú el deseo que ha sentido por mí?

ACACIA: Sé que por mí se ha vuelto loco, sé que por mí ha llorado, sé que estando entre mis brazos ha sentido pasión, sé que por mí... Que por mí ha matado.

CRISTINA: ¿Y te sientes orgullosa? ¿Te sientes orgullosa de haber arrastrado a un buen hombre a la locura? ¿Te sientes orgullosa de haber traicionado así a tu propia madre? A tu madre, Acacia...

ACACIA: ¡¡Tú me traicionaste primero!! Me traicionaste cuando te fijaste en él, me traicionaste cuando me lo arrancaste, ¡cuando te casaste con él!

CRISTINA: Te pregunté si había algo, te pregunté que pasaba con él... Y en vez de contarme la verdad, ¿fuiste la amante de mi marido? Es eso, ¿verdad? Claro, ¡qué tonta soy! Claro, erais amantes. ¡Amantes en mi propia casa!

ACACIA: También es mi casa...

CRISTINA: ¿Eso es lo que te preocupa? ¿Qué he dicho mi casa y no nuestra casa? Eres la peor de las hijas, eres una vergüenza. No sabes como me avergüenzo de ser tu madre. (Se acerca a Acacia) Y me voy a encargar de que no le vuelvas a ver, nunca más.

Cristina se da la vuelta, se dirige a la puerta, la abre, no se gira de nuevo, se queda en el quicio, dando la espalda a Acacia.

CRISTINA: Si no es para mí, menos lo será para... Una malagradecida como tú.

Cristina sale del despacho, Acacia mira asombrada hacia la puerta, se coge la cara con las manos, se arrodilla, llora desconsolada, se quita las manos de la cara, mira hacia la puerta abierta nuevamente, se toca la tripa con la mano. Minutos después oye las sirenas, se levanta del suelo y sale corriendo a la entrada de la hacienda. Esteban está de pie alargando las manos a los policías que se bajan de los coches, Cristina llega en ese momento, Acacia también.

ESTEBAN: Lo siento Cristina...

CRISTINA: Ya sé toda la verdad.

Esteban agacha la cabeza, el policía le esposa.

ESTEBAN: Perdóname, por favor, perdóname.

El policía se lleva a Esteban hacia el coche, Acacia corre hacia ellos, abraza a Esteban.

ACACIA: ¡¡¡No se lo lleven!!! (Mira al policía) ¡¡Por favor no!! No, no, no. (Besa a Esteban en los labios) Perdóname Esteban, perdóname. Todo es culpa mía, si yo hubiese dicho la verdad, desde el principio. (Lo vuelve a besar) Si desde un principio te hubiese dicho... (Se acerca a su oído) Te amo. Siempre te he amado. Jamás podré amar a un hombre como te amo a ti.

Otro policía aparta a Acacia, y se llevan a Esteban hacia el coche. Esteban gira la cabeza, mira a Cristina, mira a Acacia.

ESTEBAN: Te amo... Acacia.

Esteban entra en el coche de policía, los policías hacen lo propio. El coche arranca y sale de la hacienda. Acacia mira hacia el portón, Cristina a sus espaldas la mira a ella.

CRISTINA: ¿No pudiste ser sincera? ¿No pudiste verle como un padre? ¿No pudiste evitar que esto pasara? Si tan sólo le hubieras visto como un padre.

Acacia sigue sin darse la vuelta, mira al portón, suspira.

ACACIA: No mamá, no pude. Porque desde el primer día, porque desde siempre, le amé.

Acacia se da media vuelta y mira a su madre.




Laura González López (2014. España)

martes, 18 de noviembre de 2014

Capitulín 19. La Malquerida 2.0. La alternativa.

Esteban está en la recámara de huéspedes, sentado en la cama, se mira la palma de las manos, entrelaza los dedos, se pasa las manos por la cara. Se pone de pie y se dirige a la cocina, Rosa está cortando verduras sentada a la mesa, cuando ve a Esteban se pone de pie.

ROSA: Patrón, ¿qué se le ofrece? ¿Tiene hambre?

ESTEBAN: No Rosa, gracias. ¿Sabes dónde está el Rubio?

Rosa le mira contrariada, agacha la cabeza, coge con las manos el delantal y juguetea con él.

ROSA: Pos sí patrón. Anda por el patio, pa' mi que bebiendo... (Mira a Esteban) No más no se vaya a molestar con él, es que mi nieta y él pos pelearon y ya sabe cómo es el Rubio, las penas las ahoga en el alcohol.

ESTEBAN: No te preocupes Rosa. Gracias.

Esteban pasa al lado de Rosa, le toca con ternura el hombro y se dirige al patio. Rosa se vuelve a sentar y continúa cortando verduras.


En el patio el Rubio está sentado en el banco de piedra, tiene dos botellas de tequila con él, una de ellas entera, la otra ya empezada. Llega Esteban, el Rubio se pone de pie.

RUBIO: Patrón.

ESTEBAN: Compadre, Rubio, esta noche necesito al amigo no al capataz de la hacienda.

RUBIO: Ta' bien compadre.

Esteban y el Rubio se sientan en el banco de piedra. El Rubio coge la botella de tequila, sirve un vaso y se lo da a Esteban, éste le niega con la cabeza y le coge la botella, bebe un trago largo. El Rubio le mira sorprendido.

RUBIO: ¿Qué pasó compadre?

ESTEBAN: Pasó que soy un mierda Rubio, un mierda...


Acacia está en su habitación, sentada en el sofá, abrazando sus rodillas, con la cabeza agachada, llora desconsolada. Llaman a la puerta y entra Manuel, llega con gesto serio pero se torna en sorpresa y angustia cuando la ve. Manuel se acerca a Acacia, se sienta a su lado.

MANUEL: Aci, ¿qué ocurre? ¿Qué tienes?

Acacia levanta la cabeza y le mira.

ACACIA: Manolo, necesito que nos casemos cuanto antes.

MANUEL: ¿Lo necesitas? ¿Necesitas que nos casemos? ¿Por qué...? (La mira unos segundos en silencio, ella le mira mientras las lágrimas caen por sus mejillas) ¡Oh! Necesitas... Necesito estar sólo Acacia.

Manuel se levanta del sofá, Acacia le coge la mano, le mira a los ojos suplicante.

MANUEL: Sí Acacia, nos casaremos en seguida.

Manuel se dirige a la puerta, antes de abrirla mira a Acacia, tiene los ojos empapados en lágrimas, ella le mira. Manuel sale de la habitación.


En el patio Esteban y el Rubio están bebiendo la segunda botella de tequila.

RUBIO: Yo sé que andas así por la niña Acacia, yo ya sé. Yo ya te dije. Pues y ahora tú casado con la madre, y la niña Acacia ahí con el joven Manuel.

ESTEBAN: Rubio, yo quiero a Cristina.

RUBIO: Va compadre, a otro perro con ese hueso.

Esteban mira al Rubio.

ESTEBAN: No Rubio, de verdad, quiero a mi mujer. La quiero muchísimo. Es una mujer excepcional. Sólo quiere hacerme feliz, es en lo que se preocupa... Es lo que le preocupa, eso, hacerme feliz. Pero Acacia, mi Acacia...

MANUEL: ¿Tu Acacia?

Esteban y el Rubio miran sorprendidos a Manuel que se acerca a ellos. Esteban se pone de pie, furioso y se acerca a Manuel, le empuja y le da un puñetazo.

ESTEBAN: ¡Aléjate de Acacia!

Manuel se toca la mandíbula, mira sorprendido a Esteban, le da un puñetazo.

MANUEL: ¿¿¿Qué te pasa Esteban??? Has dicho que Acacia es tu Acacia, me pides que me aleje de ella, me... (Mira sorprendido a Esteban, luego furioso) ¡¡¡Tú!!! ¡¡Eres tú!! ¡¡¡¡¡Maldito enfermo!!!!!

Manuel se abalanza sobre Esteban, que acaba de ponerse de pie, ambos empiezan a pelearse, los puñetazos vienen y van del uno al otro. El Rubio les mira mientras sigue bebiendo de la botella.


Cristina va deambulando por la casa, entra en la recámara de huéspedes.

CRISTINA: ¿Esteban? ¿Mi vida?

Cristina mira a su alrededor, sale de la habitación y sigue deambulando por la casa. Llega a la cocina y ve a Rosa que está apagando las luces.

CRISTINA: Rosa.

ROSA: ¿Patrona? ¿Qué necesita señora Cristina? ¿Se siente usted bien?

CRISTINA: Sí Rosa, buscaba a Esteban. ¿Sabes dónde está?

ROSA: Uy, hace un buen señora. No más vino preguntando por el Rubio y yo, pos creo que salió a buscarlo al patio.

CRISTINA: Gracias Rosa. Y ve a descansar, ya es tarde.

ROSA: Ya mismito patrona, buenas noches.

CRISTINA: Buenas noches Rosa.

Cristina sale de la cocina y se dirige al patio.


En el patio Esteban tiene el labio partido y golpes en la cara, mira a Manuel furioso, que tiene una ceja partida, y la cara y la camisa empapadas en sangre. Manuel va a por Esteban a golpearle nuevamente, pero éste se agacha y coge el cuerpo de Manuel sobre sus hombros y le tira. Manuel cae hacia atrás y se da con el banco de piedra en la cabeza, cae al suelo, se queda inmóvil. El Rubio se agacha a su lado, le toca, mira a Esteban.

RUBIO: ¡Compadre! ¡¡Lo mataste!!

Esteban mira al Rubio, no se mueve, respira entrecortado.

RUBIO: Compadre nos tenemos que ir. ¡Vámonos compadre! Si alguien sabe que tú lo mataste, van a saber por qué... Dirán que por la malquerida, dirán que lo mataste por la malquerida... (Coge a Esteban de los hombros) ¡Dirán que por la niña Acacia! ¡¡Vámonos compadre!!

Esteban empieza a andar hacia la casa, mientras el Rubio recoge las botellas de tequila vacías y el vaso. Esteban pasa al lado de una de las columnas de la terraza, Cristina le mira, su cara recoge la incertidumbre, el odio, el asco. Esteban agacha la cabeza y sigue andando hacia la casa, Cristina le sigue. Ambos llegan a la recamara principal, Esteban entra primero, Cristina cierra la puerta, él se queda quieto en medio de la habitación, no se mueve, sólo se mira las manos cerradas en puño. Cristina se para en frente.

CRISTINA: ¿Has sido capaz de fijarte en mi hija? ¿Has sido capaz de mirar a mi hija como mujer? Dime que no, Esteban mírame, mírame y dime que no. ¡¡¡¡¡Esteban!!!!! ¡¡¡Mírame y dime que no!!! ¡¡¡¡¡Mírame y dime que no!!!!!

Esteban no mira a Cristina, sigue con la cabeza agachada mirándose las manos. Cristina empieza a caminar por la habitación. Se apoya con fuerza en su tocador, se mira en el espejo y a través de él mira a Esteban.

CRISTINA: ¡¡¡Dime que no!!! (Tira todo lo que hay en el tocador) ¡¡¡Dime que no!!! (Tira la silla, se gira y mira a Esteban) ¡¡¡Dime que no!!! (Va a la cama, quita la colcha, la tira al suelo, coge los cojines, los tira al suelo) ¡¡¡Dime que no!!! ¡¡¡Dime que no!!! (Se dirige a Esteban, le abofetea una, dos, tres veces) ¡¡¡Dime que no!!! (Le pega puñetazos en el pecho, le da manotazos en la cabeza, una, dos, tres veces) ¡Se un hombre! ¡Se un hombre! (Le pega otra vez)

Esteban se aparta de ella.

ESTEBAN: ¡¡¡Basta Cristina!!! Te estás comportando como una loca.

Cristina le mira furiosa.

CRISTINA: ¿Loca? ¿¿Loca??

ESTEBAN: Sí, loca. No ha pasado nada. ¡No pasa nada entre Acacia y yo!

Cristina le mira furiosa, se dirige a la mesilla y coge una foto de los dos, se la tira, Esteban la esquiva.

CRISTINA: Te oí, te vi. ¡Lo vi todo Esteban!

ESTEBAN: No oíste nada, ni viste nada Cristina.

CRISTINA: Has matado a Manuel. (Cristina empieza a llorar) ¡Has matado a mi ahijado!

ESTEBAN: Ha sido un accidente... (Le tiembla la voz) Manuel se puso como loco, yo no sé por qué, pero me pego y yo, y yo, ¡y yo me defendí! Sólo eso.

Cristina se seca las lágrimas.

CRISTINA: Lo mataste Esteban.

ESTEBAN: Fue un accidente, te lo juro mi amor.

Esteban cae de rodillas en frente de Cristina, le abraza las piernas, llora.

ESTEBAN: Fue un accidente mi amor, te lo juro. (Levanta la cabeza y mira a Cristina) Ayúdame Cristina, no quiero ir a la cárcel, ayúdame. (Vuelve a apoya su cara en las piernas de Cristina) Perdóname.

Cristina quita los brazos de Esteban de sus piernas, se aleja de él.

CRISTINA: Quiero la verdad. Dime la verdad Esteban, dime la verdad y te ayudaré. Pero quiero la verdad. (Se sienta en la cama, Esteban sigue de rodillas) ¿Qué pasa con mi hija? ¿Qué te pasa con mi hija?

Esteban la mira.

ESTEBAN: Me confundí Cristina, confundí mis sentimientos. Pero yo te quiero, te juro que te quiero. Te lo juro.

Cristina se seca las lágrimas, se pone de pie y sale de la habitación.


Cristina entra en la habitación de Acacia, ella está durmiendo, enciende la luz.

CRISTINA: Acacia. (Se acerca a la cama) Acacia despierta, Acacia, ¡Acacia despierta! (Acacia abre los ojos) Ven conmigo. Ahora.

Acacia mira a Cristina sorprendida.

ACACIA: ¿Mamá?

CRISTINA: Vamos Acacia, ven conmigo. Es importante.

Acacia se levanta de la cama, coge la bata que está a los pies de la cama, se la pone y sigue a su madre por el pasillo. Llegan a la recámara principal, Esteban está sentado al pie de la cama, las ve entrar y se pone de pie.

CRISTINA: Esteban, te perdono, pero demuéstrame que sólo era confusión, llámala hija. 

Acacia mira a Esteban, luego mira a Cristina.

ACACIA: ¿Mamá qué ocurre? ¿Qué es todo esto?

CRISTINA: Esteban se confundió Acacia, confundió sus sentimientos. E hizo una locura... Mató a Manuel.

Acacia se lleva las manos a la cara.

ACACIA: ¡Oh Dios! ¿Manolo muerto? (Mira a Esteban) ¿Qué hiciste?

ESTEBAN: Fue un accidente Acacia, te lo juro.

CRISTINA: ¡Acacia no! Llámala hija. (Mira a Acacia) Y tú llámale padre. Desde hoy llámale padre, así no se podrá confundir y te verá como te tiene que ver, como su hija. (Mira a Esteban) ¡Hacedlo! Esteban llámala hija, Acacia llámale padre.

Cristina se acerca a Acacia.

CRISTINA: ¿Por qué no dices nada? (La coge de los hombros, la zarandea) ¡Dilo! ¡¡Llámale padre!! (Le tiembla la barbilla, las lágrimas caen por sus mejillas) ¡Hazlo Acacia!

Acacia empieza a llorar.

ACACIA: No... No puedo. (Mira a Cristina a los ojos) No puedo llamarle padre, no puedo mamá.

Cristina suelta a Acacia.

CRISTINA: ¿Por qué no?

ACACIA: Porque no le veo como un padre, nunca le vi como un padre... Yo... Yo... (Coge aire) Yo le veo como hombre.





Laura González López (2014. España)